Doña Rosa va por primera vez a dejar una ofrenda de flores para su esposo, tras su muerte, hace seis meses.

Un doble arcoíris en el cielo, el aire frío de noviembre y la brisa remanente de la lluvia nocturna, acompañaron el camino de doña Rosa hasta la entrada del cementerio de la inspectoría Guadalupe Hidalgo. El reloj marcaba las siete de la mañana, en punto, cuando llegó; pero el camposanto seguía cerrado.

“Buenos días ¿No sabe si ya van a abrir?”, susurró mientras esbozaba una tímida sonrisa y se acercaba con el andar cansado que deja el paso de los años. “Según a las siete, pero vea la hora que es”, le respondió una mujer.

Doña Rosa traía dos bolsas blancas de mandado en las manos y en una de ellas, se alcanzaba a notar un ramo de flores de cempasúchil. Con cierta cara de resignación, la mujer se atajó de la llovizna y se asomó al interior por una rendija del portón que la separaba de las tumbas, que comenzaban a ser bañadas por los rayos del sol.

“Estuve casada 53 años y quedé viuda hace seis meses. Mi marido está aquí y es el primer año que le toca que le ponga su altar. Le traigo sus flores”, confesó a este reportero cuando le preguntó por el motivo de su visita al panteón.

Al poco tiempo, un hombre que dijo ser trabajador del lugar aseguró que el lugar no tardaría en abrir y finalmente, a las 7:20 se permitió el paso de al menos dos decenas de personas que ya se mostraban ansiosas por entrar a cumplir con la tradición del Día de los Muertos.



Doña Rosa se internó en el cementerio y desapareció entre las criptas, al tiempo que los comerciantes se preparaban dentro y fuera del recinto para ofrecer sus productos. Jugos, botanas, tamales, café, atole, rehiletes, flores, botes y veladoras, según la necesidad de cada quien.

Hombres, adolescentes y niños también alistaban tijeras, podadoras, cubetas, rastrillos, palas y carretillas para ayudar, a cambio de 50 pesos, a las familias que necesitaban apoyo en el arreglo de las tumbas, y dos músicos deambulaban por el lugar brindando sus notas y su voz.

A unos metros de ellos, Pablo Molina trabajaba solo en la tumba de su padre. Cada tiempo, se limpiaba el sudor y reconocía que asiste poco al panteón; pero este 2 de noviembre, el descanso laboral había facilitado la visita a quien, aseguró, le enseñó el bien.

En otra tumba, dos mujeres dirigían el trabajo de toda una familia: un hombre ya maduro, un joven de poco menos de 20 años y una niña, que observaba sentada desde otra cripta; aunque a su decir, faltaban más familiares por llegar.

Francisca Meza, una de ellas, explicó que su padre y su madre yacen en ese lugar desde hace 25 años y ahora, enseñan a los más chicos a continuar con la tradición del día de muertos “para cuando ya no estemos”, porque es una forma de sentir “que siguen con nosotros”.

Algo similar aseguró Roberto Ruiz quien, apenado, reconoció que sólo visita el panteón una vez al año para ver la tumba de su madre. “Para nosotros, (venir en 2 de noviembre) es conservar la tradición y recordar que aún tienen un lugar dónde verla”, además que en su propia casa le han montado un altar con la esperanza de que vuelva.

Mientras avanza el día, más y más familias llegan, entre sonrisas y buen ánimo, a recordar a sus difuntos. Lo hacen con flores, palas, cubetas y machetes. Ya ha pasado más de hora y media desde que doña Rosa entró y ahora viene de salida, con satisfacción en el rostro.

Se topa con este reportero en el pasillo principal del panteón y se despide. “¡Buen día! Nos vemos el próximo año, si Dios nos presta vida”… Para entonces, ya será el segundo año que visitará el lugar para recordar a su esposo, el compañero que solamente se le ha adelantado en el camino.

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