Mérida es de esas ciudades que siempre vuelven a la memoria, no solo por su belleza, sino por los lazos personales que nos unen a ella. En mi caso, esta ciudad tiene un lugar especial en mi historia familiar en el turismo: fue un amigo de Mérida quien llevó a mi padre a recorrer el mundo, con un viaje a Japón a finales de los sesentas, y desde ahí comenzó nuestra relación con esta apasionante industria que me ha acompañado durante toda mi vida.
Caminar por Mérida es un verdadero placer. Desde el Paseo Montejo, con sus grandes casonas porfirianas, hasta el centro histórico, cada calle cuenta una historia. No puedo dejar de mencionar la Catedral de San Ildefonso, considerada la primera catedral en tierra firme de América. Su presencia majestuosa, junto con la plaza que la rodea, nos recuerda la huella profunda que dejó la religión en la ciudad: templos, tradiciones y rincones que han conservado la esencia de siglos de historia. Al recorrer estas calles al mediodía, uno se da cuenta de que los habitantes se resguardan del calor, y eso le da a la ciudad un ritmo tranquilo y pausado que invita a disfrutar con calma.
Mérida también tiene un pasado fascinante. A principios del siglo XX, el auge del henequén convirtió a Yucatán en una región próspera. Este “oro verde” se transformaba en cuerdas, costales y alfombras que llegaban a todo México. En los años setenta todavía era habitual ver productos hechos con fibra de henequén en muchos hogares del país, y ese pasado dejó una huella imborrable en la arquitectura y la vida cultural de la ciudad.
Hoy, Mérida es moderna y práctica. Su aeropuerto cómodo y muy funcional facilita la llegada de visitantes y conecta a la ciudad con el mundo, sin perder su encanto tranquilo y hospitalario.
Y, por supuesto, está la comida, que es una auténtica invitación a saborear la ciudad: cochinita pibil, panuchos, sopa de lima y, al caer la tarde, una marquesita en la plaza. A pocos kilómetros, Progreso abre la puerta al mar con su malecón alegre y lleno de vida, y si uno se anima a explorar más, Uxmal nos recuerda la grandeza de la cultura maya que floreció en estas tierras.
Mérida es historia y modernidad, calma y energía, tradición y hospitalidad. Para mí, es también un lugar de recuerdos familiares, de amigos entrañables y de gratitud, porque de alguna manera esta ciudad marcó el rumbo de mi vida en el turismo.
Viajemos juntos.
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