Nayib Bukele, Andrés Manuel López Obrador, Donald Trump, tienen algo en común: su comunicación política gubernamental (y después de sus gobiernos, como el caso del ex presidente americano) son liderazgos sui géneris que han sabido comunicar en tiempos de postmodernidad, sí la postmodernidad llegó a los países de América Latina, los llamados en vías de desarrollo y también a los países en vías de decadencia como Estados Unidos de Norte América.

Su comunicación, ha sabido dar lectura a las emociones colectivas que en la actualidad son, en su mayoría, emociones negativas pero también han sabido dar lectura no sólo al escenario actual, sino a los escenarios (económicos, políticos y sociales) que antecedieron y provocaron esas emociones sociales negativas. Es por ello que su comunicación política es tan eficaz, sin importar la eficacia y eficiencia de sus gestiones. La aprobación que tienen obedece más a lo primero que a lo segundo.

En esta época, como toda buena postmodernidad, las ideologías se han evaporado, las causas, la colectividad, la esperanza, desfallecen. Las corrientes políticas se entremezclan para dar vida a un némesis al que no se le distingue su origen. En desesperanza, en resquebrajamientos, siempre se requiere a un “salvador del mundo”, a un “súper héroe” que conduzca y que dé voz a las emociones.

Y surgen liderazgos como el de Bukele que es el presidente latinoamericano mejor evaluado. Bukele no dibuja firmemente una corriente política, porque el mundo posmoderno no la necesita. En cambio requiere ver a su presidente en las redes sociales y hasta en entrevistas con youtubers. El presidente salvadoreño supo muy bien comunicar la solución de lo que es, seguramente, la primera petición ciudadana acabar con el pandillerismo en ese país. Porque en política la percepción es realidad.

De esta manera, desde el día cero de su gestión presidencial, ha comunicado todas y cada una de las acciones que realiza para “limpiar las calles de pandilleros” y los contenidos propagandísticos son espectaculares política y comunicacionalmente. Su narrativa de acabar con los malos incluso opacó una parte ciudadana que cuestionó la utilización de la fuerza pública indistintamente. Su narrativa de “súper héroe” “para exterminar a los malos” entre otras brillantemente pensadas estrategias de comunicación le ha valido ser el mejor evaluado en el desempeño de su gobierno.

Con un no despreciable casi 60% de aprobación, en un entorno que se antoja complicado particularmente en la economía, en una pandemia que aún no termina con estos y otros elementos más, López Obrador, construyó una sesuda narrativa política durante sus campañas presidenciales que le han valido ser el 5° Presidente mejor evaluado. La clave: los enemigos, los otros son los culpables de la actual situación. Y en parte es verdad, creo, o de lo contrario AMLO no hubiera tenido el triunfo aplastante del 2018.

El polémico amado u odiado Donald Trump, supo escuchar a “los olvidados” a aquellos que el sistema hegemónico no había volteado a ver, a “los desechables” de un sistema en decadencia que indudablemente contenía una ciudadanía en decadencia. Su narrativa política magistralmente copta a este sector de la población con una clave muy parecida a la de Bukele y AMLO: Los enemigos son los culpables de la situación precaria actual, acabar con ellos, ser el salvador de los olvidados.

Los tres magistrales en su comunicación política, no sé si ética o moralmente correcta, pero efectiva ante estos tiempos convulsos.

Twitter: @AlesandraMartin