Todo empieza a inicios del siglo XVII, cuando nace una pequeña niña a la que llamarían Mirna, una princesa de una comunidad mongólica ubicada al norte de la India. La niña tenía facciones muy finas, un color de piel casi blanco y los ojos rasgados característicos de su raza.

Unos años después, mientras caminaba por la playa con su hermano, se encontraron con un grupo de portugueses dedicados al tráfico de esclavos, desafortunadamente se los llevaron y terminaron enviándolos a Manila, Filipinas.

Y mientras tanto del otro lado del mundo, en México, el Marqués de Gálvez, virrey de la Nueva España, le había pedido al gobernador de Manila algunas esclavas de buen parecer y gracia para su palacio. Éste envió a Mirna a México, pero ella no llegó a su destino con el virrey, ya que uno de los capitanes de nombre Miguel de Sosa ofreció un monto mayor por ella.

Junto a su esposa doña Margarita de Chávez la recibieron en su casa en Puebla en donde recibía un trato entre hija adoptiva y esclava. También la bautizaron bajo el nombre Catarina de San Juan, aunque por su origen Asiático la gente le apodo “La China”.

En Puebla aprendió a hablar español, cocinar y bordar. Se hizo muy popular por su belleza y por su particular forma de vestir, ya que mezcló a la perfección la vestimenta hindú con las tradiciones indígenas que se utilizaban en Puebla en aquella época.

Copió el olán de los atuendos cortesanos para convertirlo en una falda europea, amplia y con la parte inferior en picos. Agregó un huipil bordado, al igual que un rebozo suelto sobre los brazos.

Con el tiempo y la eventual llegada de independencia, se agregaron los colores de la bandera mexicana a la falda.

Al final del día, el atuendo de China poblana ejemplifica perfecto la composición mestiza de México, en donde se han mezclado una infinidad de culturas y tradiciones.