Desde mucho antes de su inicio, las olimpiadas están en la boca de todos y los últimos días, no ha sido la excepción y no sólo por las medallas, contagios o marcas superadas, sino por la decisión de la gimnasta Simone Biles que sorprendió a muchos por tratarse de un tema relacionado con su salud mental. En redes sociales no faltaron los comentarios agresivos diciendo que era una cobarde, una conformista, una persona frágil y dolorosamente comprobé que se sigue menospreciando la salud mental, asumiendo que los atletas de alto rendimiento o cualquier otra categoría de la que hablemos, deberían estar exentos o ser inmunes a los trastornos mentales por estar rodeados “de los mejores psicólogos” y equipos técnicos.

Tenemos que aclarar un par de cosas aquí: una, que las enfermedades mentales no son sinónimo de fragilidad, debilidad, vulnerabilidad y mucho menos de cobardía; como cualquier otra en enfermedad, tienen causas multifactoriales que pueden ser desde predisposiciones genéticas, alteraciones químicas cerebrales, consecuencia del estrés sostenido e incluso como hemos hablado aquí, resultado de una alteración en la flora intestinal que afecte la producción de psicobióticos que termine influyendo en el desarrollo de ansiedad y depresión. No puede ser que en pleno 2021, sigamos siendo incapaces de distinguir entre una enfermedad mental y un estado de ánimo: un estado de ánimo, depende de una situación puntual en nuestra vida, es una vivencia a nivel emotivo y suele mejorar con el tiempo, en cambio, una enfermedad o trastorno mental, se refiere a una serie de síntomas físicos, conductuales, emocionales y cognitivos que alteran la vida de cualquier persona que lo padece.

Habiendo aclarado lo anterior, es muy obvio que un trastorno mental puede resultar incapacitante porque no mejora con el tiempo y no se “quita” ni “echándole ganas” ni “pensando en otra cosa”; por ejemplo, alguien que padece un trastorno de ansiedad generalizada, se pasa el día entero temiendo que pueda aparecer un ataque de pánico en cualquier momento, pues pude ocurrir cuando va manejando de camino al trabajo o cuando está eligiendo una película en Netflix y lo reconoce porque empieza a perder el control de su cuerpo, que comienza a temblar, a sudar, a sentir que no puede respirar bien, su corazón late cada vez más rápido, tanto, que incluso parece que se saldrá de su pecho y empieza entonces a tener miedo, un miedo irracional, enorme, que cree que puede llevarlo a la muerte, puede sentir que su cabeza va a estallar, llora sin control y nadie a su alrededor puede hacer nada… cuando los interminables segundo pasan, el ataque termina y la persona está exhausta preguntándose cuándo se repetirá nuevamente. ¿De verdad creen que algo así no afecta la vida diaria? ¿No creen que puede ser incapacitante? Tenemos que superar la idea de que los trastornos mentales y los estados de ánimo son lo mismo. Así como el ataque de pánico en un trastorno de ansiedad generalizada, podría describir las manifestaciones diarias de los principales trastornos mentales que existen pero no es la intención, ni nos alcanzaría el espacio; lo único que quiero decir es que afectan todas las áreas de nuestro ser y por ende, de nuestra vida.

El segundo punto que no pensé que tuviera que tocar, es el papel que ejercemos los profesionales de la salud mental: aunque pueda parecerles inverosímil, no tenemos una varita mágica que haga que los pacientes se sientan bien. Nuestra tarea es guiar el trabajo personal de quienes acuden a nosotros y trabajamos en conjunto con otros profesionales de la salud, pues como dije, atendemos trastornos multifactoriales. Los psicólogos del deporte (como los mejores del mundo como con los que cuenta Simone Biles) estudian los procesos emocionales, cognitivos y conductuales en el ámbito deportivo y puede fungir como coaches, que en conjunto con el staff, diseñan estrategias para lograr el mejor rendimiento o pueden tomar un papel más clínico al abordar con el atleta, aquellos temas que están impiden que alcance sus metas como problemas de autoestima, problemas familiares o trastornos mentales (sí, los atletas de alto rendimiento siguen teniendo los mismos problemas que tú o yo, como el mismísimo Rafael Nadal que ha tenido varios episodios de depresión a lo largo de su carrera) pero tampoco cuentan con una varita mágica que resuelva por sí misma, la causa de los problemas antes de una competencia.

Tenemos que ser más empáticos con los demás, sin importar si son atletas, artistas, actores, cantantes o el vecino de enfrente, porque seguir llamando cobardes a quienes padecen algún trastorno mental, equivale a decirle a alguien que ha sido acuchillado, que sangra porque es débil y porque con el aumento de la incidencia de dichos trastornos, que según la OMS 1 de cada 4 personas sufrirá alguno en un momento de su vida, el próximo podrías ser tú o alguien querido para ti. Entendamos que la salud mental es tan importante como la física y su ausencia, tan incapacitante como cualquier lesión.

Espero que lo anterior les haya sido de interés y podamos empezar a avanzar como sociedad hacia un modo más empático de relacionarnos.

¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.