Sin importar el partido que obtenga el poder, han demostrado sus preceptos machistas e incluso misóginos, muchos, usando el discurso de los derechos de las mujeres para ganar simpatizantes y obtener votos; otros tantos más, sólo han llegado a los puestos por deudas políticas, aún cuando las instituciones requieran de perfiles especializados para poder dar resultados efectivos en favor de la garantía de los derechos de niñas y mujeres como el de vivir libres de violencia.

Acceder a estos puestos de toma de decisiones ha sido toda una lucha que han dado los movimientos feministas, esperando con ello garantizar la creación de las respuestas que son necesarias para cambiar las diversas realidades de violencia y desigualdad que enfrentamos millones de mujeres y que evidentemente no tenemos representación desde las miradas machistas, burgueses y heterosexuales.

De todos los niveles de gobierno y de todo tipo de instituciones hemos atestiguado prácticas machistas, que van desde políticas públicas sin perspectiva de género y políticas de Estado de simulación o total desinterés por atender la agenda feminista, hasta declaraciones, reacciones o actitudes claramente machistas y misóginas, las cuales intentan justificar o minimizar posteriormente con disculpas ridículas con tal de no perder en el juego político.

Para Marcela Lagarde, parte de la dificultad de combatir el machismo es “que siempre se repone, es una cualidad que tiene la cultura patriarcal, se reproduce, se regenera, se repara, aprende y vuelve”; se adapta en las instituciones y en la vida comunitaria, hombres (y también mujeres) al servicio del patriarcado generan que éste sobreviva, protegiéndolo mediante la creación de mecanismos que dan una idea falsa de ser progresistas con leyes y espacios para las mujeres, pero que olvidan (convenientemente) los mecanismos e indicadores para observar y garantizar la aplicación de todo lo escrito.

El poder que las instituciones otorgan a los machistas no sólo les protege de procesos judiciales que les libera y desaparece las pruebas, sino que les dota de toda posibilidad de mantener la estructura y el orden misógino que normaliza nuestros cuerpos y nuestras vidas como propiedad, que mantiene la justicia patriarcal como la respuesta más recurrente para quienes nos atrevemos a judicializar los hechos de violencia.

El machismo en el poder se ha visibilizado en la ausencia de actuar de las instancias protectoras de los derechos humanos “autónomas”, que su silencio y abandono sólo han posibilitado y mantenido la impunidad; si se libera a los agresores, aquí no ha pasado nada y se da camino libre a que sigan sin aplicar la debida diligencia en un gran número de casos de violencia contra las mujeres como las desapariciones, los feminicidios, la trata de personas o las agresiones sexuales.

Las partidas presupuestarias que disminuyen al gasto público dirigido a la atención, prevención, sanción y erradicación de la violencia y al avance de los derechos de las niñas y mujeres son decisiones desde el machismo, que demuestra la falta total de comprensión sobre los riesgos que miles de mujeres y niñas estamos viviendo; así como el machismo que demuestran las autoridades para quienes estos recortes simplemente no han significado alarma para operar desde las instituciones que han sido creadas para combatir la violencia contra las mujeres.

Se hace urgente contar con representantes que dejen ya de usarnos para ganarse votos y falsos reconocimientos (por hacer mal su trabajo) que, si bien podemos reconocer al funcionariado público que ejerce de manera adecuada sus obligaciones, también es cierto que contamos con un pequeño número de quienes cumplen con lo que les corresponde por ley y no como un favor o para quienes pueden pagar la justicia.

Los movimientos y colectivas feministas no aceptamos este sistema, estamos cansadas de no encontrar respuesta de las instituciones que deben protegernos, de esperar a cuentagotas la justicia para cada mujer agredida, amenazada, explotada, asesinada; no estamos dispuestas a perder a ninguna compañera más por la ineptitud de los gobernantes y autoridades en el poder que operan sólo para unos cuantos y para nosotras obstaculizan, justifican, minimizan y encubren.

Es cierto que contar con mujeres en puestos de toma de decisiones no siempre ha implicado garantía de avances y protección de nuestros derechos humanos, pero por sí mismo ya ha significado un logro, aquellas compañeras que hoy se encuentran en estos espacios y las que lo estarán, no pueden olvidar que ha sido posible debido al trabajo de otras mujeres, y que tienen la obligación de dar voz a nuestras realidades y construir el camino para modificar los contextos de violencia y desigualdad que aún vivimos. Pero también es cierto que siguen siendo hombres quienes están al mando en puestos de alto nivel, quienes imponen las agendas en los partidos políticos, quienes ocupan un alto porcentaje en espacios de creación e implementación de la política pública y distribución de los recursos.

De modo tal que, mientras se deje el camino libre a machistas y misóginos en el poder, es claro que el sistema patriarcal seguirá operando; y hoy podemos verlos ocupar un importante número de espacios…