Frida Kahlo, el deseo en voz alta y el derecho de las mujeres a vivir con intensidad

Bigotona, lesbiana, marihuana y comunista.

Así describían a Frida Kahlo en su época. No como elogio, sino como advertencia. No era aceptada, no encajaba, no obedecía. Su cuerpo dolía, su mirada incomodaba y su vida no estaba diseñada para agradar.

Frida no nació para ser digerible.

Hoy, casi un siglo después, ocurre algo curioso —y profundamente contradictorio—: todas las mujeres en México han tenido al menos un objeto con su rostro. Una bolsa, una blusa, un espejo, una libreta. Frida está en el mercado, en el souvenir, en el algoritmo. Convertida en artículo, en estética, en marca.

La mujer que fue rechazada por incómoda hoy es consumida por decorativa.

Y no, no todas las personas están de acuerdo en llamarla feminista. Se le cuestiona su relación con Diego Rivera, sus contradicciones afectivas, sus decisiones íntimas. Como si a las mujeres se nos exigiera coherencia moral perfecta para merecer reconocimiento. Como si el dolor vivido tuviera que aprobar un examen ideológico.

Como ella, muchas mujeres no encajan en un sistema que exige ciertos atributos físicos, emocionales y de conducta para ser aceptadas. Como si todas debiéramos ser iguales. Como si el deseo, el exceso, la contradicción y la intensidad fueran fallas… y no señales de vida.

No podemos saber exactamente qué pensaba Frida Kahlo. No vivió para responder debates del siglo XXI ni para convertirse en consigna. Así que no la romanticemos. No la usemos como comodín discursivo. Pero sí reconozcamos su obra y el lugar desde donde fue creada.

Frida fue, ante todo, una sobreviviente del dolor. De un cuerpo roto, de operaciones constantes, de pérdidas, de traiciones, de un sistema que no estaba hecho para una mujer libre, enferma, bisexual, artista y política. Y aun así, pintó, amó, deseó y rió. Vivió.

Porque Frida no sólo resistió: eligió vivir con intensidad y eso, es lo que más incomoda.

El deseo femenino dicho en voz alta sigue siendo una amenaza. El gozo femenino sigue siendo subversivo. Porque una mujer que sabe lo que desea, que goza su cuerpo, su creatividad y su libertad, no es fácil de controlar.

Por eso resuena hoy —como manifiesto— aquella frase que se le atribuye:

“Mereces un amor que te quiera despeinada.”

Despeinada de cuerpo, de ideas, de historia.
Un amor que no te ordene, no te reduzca, no te contenga.
Un amor —empezando por el propio— que no te pida encajar para merecerlo.

Hoy que su obra vuelve a México, después de 20 años, en la colección Relatos Modernos, la pregunta no es si Frida fue o no feminista según nuestros manuales actuales. La pregunta es otra, más urgente:

¿Estamos dispuestas a mirar a las mujeres más allá de sus contradicciones?

¿A reconocer su talento sin intentar domesticarlas?

¿A aceptar que sobrevivir al dolor ya es un acto político, pero que aspirar al gozo es un acto revolucionario?

Frida no fue mercancía. Fue una mujer atravesada por el cuerpo, la historia y el deseo. Y eso —todavía hoy— incomoda.

Tal vez por eso sigue siendo necesaria. No para colgarla en una pared, sino para recordarnos que vivir no siempre es encajar, que el derecho al gozo también nace desde la herida, y que las mujeres no sólo queremos sobrevivir: queremos vivir con intensidad.

El sistema nos quiere vivas, pero cansadas.
Nos quiere útiles, pero dóciles.
Nos quiere fuertes, pero silenciosas.

La pregunta sigue abierta:
¿Eres una mujer contenida y obediente o una libre e insurrecta?

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