La evidencia nos enseña que el dolor físico no es pura y simplemente biológico. Muchos investigadores optan por una mirada biopsicosocial del fenómeno pues se ha encontrado, por ejemplo, que la discriminación, la ansiedad en el trabajo y la tensión mental general contribuyen a la experiencia del dolor crónico.

Desde esta base, podríamos pensar que existen múltiples factores capaces de contribuir tanto al dolor físico como al dolor crónico, entendido este como aquel dolor que persiste por semanas, meses e incluso años sin causa clara para ello. Recientemente, investigadores encontraron una relación entre haber sufrido estrés financiero durante los primeros años de la vida adulta y el dolor experimentado 30 años después.

Qué metodología usaron

Específicamente, el equipo estudió la situación de las familias involucradas en la “crisis agrícola” de la década de 1980 en el medio oeste de EE. UU.; este fue un período en el que muchos perdieron sus trabajos, el valor de la tierra se derrumbó y las empresas fracasaron.

Los datos fueron tomados de un estudio longitudinal, que se llevó a cabo durante 27 años e involucró a 508 parejas casadas, todas en la mediana edad al comienzo del estudio en 1991.

Para la investigación actual, tuvieron en cuenta especialmente: una escala de cuatro ítems que midió la tensión financiera familiar en 1991, 1994 y 2001, así como las respuestas de los participantes a ítems relacionados con el estrés financiero (por ejemplo, “tenemos suficiente dinero para pagar el tipo de ropa que necesitamos”) en los mismos puntos. La sensación de control fue medida con diez años de diferencia, en 1991 y 2001, y los participantes indicaron cuánto estaban de acuerdo con afirmaciones como “a veces siento que me están presionando en la vida”.

Además, el dolor fue evaluado en dos puntos más adelante en el estudio. Los participantes indicaron cuánto dolor habían experimentado en el mes anterior, qué tan intenso era ese dolor y cuánto interfería con la vida y el trabajo. A los participantes también se les presentó una lista de casi 50 condiciones de salud física y se les pidió que indicaran cuáles habían experimentado en el último año; estas iban desde resfriados comunes hasta cáncer.

Qué encontraron

Los investigadores hallaron una correlación entre la tensión financiera familiar y una sensación de control en todos los puntos, es decir, aquellos que experimentaron tensión financiera también sintieron falta de control sobre sus vidas. La tensión financiera y la sensación de falta de control en los puntos iniciales del estudio también se relacionaron directamente con el dolor físico en puntos posteriores, lo que indica que el dolor físico puede ser una consecuencia del estrés no solo al mismo tiempo, sino muchos años después. Aquellos con ingresos familiares más altos tenían menos probabilidades de experimentar dolor físico en general.

Las trayectorias del estrés financiero a lo largo del estudio también fueron relevantes para la experiencia del dolor: aquellos que experimentaron niveles crecientes de tensión financiera durante los años del estudio también experimentaron una disminución correspondiente en su sentido de control durante el mismo período. Este fue el caso incluso cuando se controlaron otros factores, como la edad y la enfermedad física, y también se relacionó con el dolor en los puntos posteriores del estudio.

Advierten los investigadores que no queda claro qué es lo que realmente impulsa el vínculo entre la pérdida de control y el dolor físico. El equipo da algunas sugerencias: por ejemplo, sentirse fuera de control podría llevar a las personas a tomar malas decisiones que, a su vez, provocan dolor o problemas de salud física. El estrés crónico también puede causar cambios duraderos en los circuitos cerebrales involucrados en nuestra respuesta al estrés, por lo que los procesos neurológicos también podrían estar involucrados en producir experiencias de dolor muchos años después de que se experimentó el estrés.

Por otro lado, dentro de las limitaciones del estudio señalan que las personas con ingresos familiares más altos pueden haber tenido la posibilidad pagar una mejor atención médica y tomar decisiones de estilo de vida más saludables en lo que respecta a la dieta, el ejercicio y las prácticas laborales no extenuantes, lo que a su vez podría haberlos hecho menos propensos a experimentar dolor.

Más allá de estas aclaraciones, el estudio sugiere que existe un vínculo directo entre la pérdida de control y factores físicos y emocionales negativos. Y señalan los autores que si bien las intervenciones que aumentan la sensación de control de las personas pueden no mejorar los factores estructurales o sociales que no se pueden cambiar (como una economía pobre o el desempleo), podrían contribuir de alguna manera a mitigar sus impactos físicos y emocionales.