Una noche sin luna, hace poco más de una década, Marie Dacke y Eric Warrant, expertos en visión animal de la Universidad de Lund, Suecia, hicieron un descubrimiento sorprendente en Sudáfrica.

Los investigadores habían estado observando a los escarabajos peloteros nocturnos, los Sísifos en miniatura de la sabana, mientras hacían rodar gigantescas bolas de estiércol. Los escarabajos, o acatangas como también se les llama, parecían ser capaces de rodar en una línea sorprendentemente recta, a pesar de no tener puntos de referencia claros.

“Pensamos que tal vez estaban usando nuestras cámaras, que tal vez alguien había encendido un fuego en algún lugar”, dijo Dacke. “Estábamos muy confundidos”. Entonces se dieron cuenta de que los escarabajos se guiaban por la franja de 100.000 años luz de la Vía Láctea.

Los humanos somos famosos por este tipo de cosas. Las estrellas atrajeron a nuestra especie para cruzar los mares y encendieron las ciencias que más tarde nos permitieron subir hacia ellas en cohetes. De cultura en cultura, la Vía Láctea sirvió de telón de fondo e inspiración para historias sobre ríos, árboles, dioses, serpientes y, por supuesto, exploración.

Pero no éramos los únicos que la miraban.

Los investigadores como Dacke sospechan que una amplia parte del mundo animal podría navegar a veces gracias a la luz de las estrellas. Estos animales podrían empezar a perderse a medida que las luces de nuestras ciudades van ahogando ese resplendor. El estudio más reciente de su equipo, publicado a fines de julio, revela que los escarabajos peloteros se confunden cuando se encuentran bajo cielos inundados de luz. El resultado se suma a un pequeño y disperso conjunto de investigaciones, realizadas a lo largo de décadas, sobre lo que puede significar el cielo nocturno para los demás terrícolas que pueden percibirlo.

Estos experimentos plantean las mismas y difíciles preguntas: ¿pueden los animales ver las estrellas?, ¿son capaces de aprovecharlas?, ¿y qué pasa si no disponen de ellas?

Astrónomos acuáticos

En la década de 1780, los astrónomos William y Caroline Herschel exploraron los cielos en busca de nebulosas y encontraron algunas que parecían conchas marinas en espiral. En la década de 1920, Edwin Hubble, al mando de un enorme telescopio, descubrió que las espirales de la Vía Láctea, Andrómeda y Herschel eran islas galácticas en un vasto mar cósmico.

Y a mediados de la década de 2000, Nick, quien podría decirse que es como un investigador en Colonia, Alemania, nadó hasta su propio telescopio y se dejó caer en una silla submarina. Luego metió la cabeza en un tubo y, si veía una estrella, pulsaba un remo. Era recompensado con pescados.

Nick, una foca común, entró en los anales de la historia de la astronomía cuando Guido Dehnhardt, un biólogo marino que ahora trabaja en la Universidad de Rostock, estudiaba cómo se orientan los mamíferos marinos. Dehnhardt y su colega Björn Mauck se plantearon la hipótesis de que si las focas podían distinguir las estrellas, eso podría ayudar a explicar cómo estos animales son capaces de completar largas travesías a través de mares que, de otro modo, no tendrían ningún rasgo característico.

Para poner a prueba las habilidades astronómicas de las focas, Mauck ideó lo que deben ser dos de los experimentos más soprendentes y maravillosos de la historia de la ciencia.

En primer lugar, el equipo construyó su “focascopio”, un tubo sin lente a través del cual Nick le dio un recorrido visual al cielo nocturno. Apretó constantemente su remo cuando puntos brillantes como Venus, Sirius y Polaris aparecieron a la vista. Los investigadores determinaron que no podía ver tantas estrellas débiles como los humanos, pero aún había un montón de puntos de referencia celestes disponibles para él.

A continuación, Mauck construyó algo todavía más grande. Esta vez invitó a dos focas a participar, Nick y su hermano más inteligente, Malte.

Cuando fueron llevadas de regreso a la piscina del zoológico de Colonia, las focas entraron en una cúpula de 4,5 metros de diámetro, cuyo borde descansaba sobre un anillo flotante. El interior de este planetario acuático hecho a la medida estaba iluminado con 6000 estrellas simuladas. “Enseguida se pusieron a nadar por el planetario y miraban las estrellas como diciendo: ‘Oh, ¿qué es eso?’”, dijo Dehnhardt. “Tenías la impresión de que realmente reconocían lo que era”.