Un frío día de diciembre de 1955, una mujer afroamericana viajaba sentada en un autobús de Montgomery, Alabama. En un momento, un hombre de piel clara subió al vehículo y permaneció de pie junto a ella, esperando que le cediera el asiento. La mujer permaneció inmóvil. Acto seguido, el conductor le exigió que le diera su lugar al hombre, y ella respondió con serenidad, pero con firmeza: “no”.
Tal acto fue presenciado como un gesto de rebeldía e insolencia por varias personas que no podían creer lo ocurrido, ya que en aquella época existían las llamadas “leyes de segregación”, normas que obligaban a las personas afroamericanas a ceder su asiento a las personas blancas y trasladarse a la parte trasera del autobús. Una forma de racismo en todo su esplendor.

El nombre que no debemos olvidar es el de Rosa Louise McCauley Parks, mejor conocida como Rosa Parks, nacida el 4 de febrero de 1913. Con un simple “no”, inició un movimiento que ayudaría a transformar los derechos civiles de miles de personas que sufrían discriminación por algo tan absurdo como el color de su piel.
Aunque este acto no fue el primero en manifestarse contra el racismo, sí fue el que marcó un antes y un después. Durante 381 días, miles de personas dejaron de utilizar el transporte público como forma de protesta, un movimiento encabezado por un joven pastor llamado Martin Luther King Jr., que culminó en 1956 con la declaración de ilegalidad de la segregación en los autobuses.
Rosa Parks fue costurera, activista y defensora de los derechos civiles. Formó parte de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) y pronto fue reconocida como “la madre del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos”.

A pesar de que estos hechos provocaron que perdiera su empleo y recibiera amenazas de muerte, nunca se dejó vencer por las adversidades de una sociedad profundamente dividida. Muchas personas afirmaban que aquel día se negó a ceder el asiento porque estaba cansada; sin embargo, ella misma aclaró que “la única cosa de la que estaba cansada era de ceder”.
Durante su lucha, trabajó junto a Martin Luther King Jr., congresistas y diversas organizaciones sociales, manteniéndose firme en su defensa por la igualdad de derechos sin importar la raza o el género, pues al ser mujer enfrentaba una doble batalla.
En 1996 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad y en 1999 le fue otorgada la Medalla de Oro del Congreso, convirtiéndose en la primera mujer afroamericana en recibirla. Incluso, al fallecer el 24 de octubre de 2005, se le concedió el honor de que su féretro fuera colocado en el Capitolio, distinción reservada únicamente para figuras históricas.
Algo que siempre caracterizó a Rosa Parks fue que jamás gritó ni recurrió a la violencia para ser escuchada. Su fuerza residía en la calma y la firmeza, con las que contribuyó a derribar leyes racistas que durante más de un siglo habían sostenido una sociedad de doble moral.
Rosa Parks no fue solo una mujer; fue una voz de esperanza, dignidad y valentía que ayudó a romper cadenas invisibles que mantenían en el rezago a una población cuyo único “delito” había sido existir.
Que su historia sirva de ejemplo para las futuras generaciones: no se necesita la fuerza física ni la violencia para ser escuchados.

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