De cada 10 mujeres en éste país mínimo la mitad de ellas sufre o ha sufrido alguna forma de violencia: física, verbal, psicológica o sexual a lo largo de sus vidas. Coexistimos un montón de mujeres atravesadas por el machismo y por esa violencia velada por tantos años de educación desigual y sexista.

La violencia hacia las mujeres es una realidad antigua y muy vigente, legitimada y normalizada socialmente por habitual y por frecuente.

Invisible muchas veces, desde el closet, detrás de esas fotos pa´l face que retratan parejas bonitas y perpetúan la idealización del amor y de las familias perfectas.

A muchas nos han llamado víctimas, pero en el mejor de los casos somos sobrevivientes. Salimos de relaciones violentas; algunas atravesamos, salimos de ahí, el trailer de nuestra peli pudo contarnos que pese a todo, al final, sobrevivimos.

Es difícil romper la barrera del silencio y, cuando logramos hacerlo, no siempre tenemos al lado a alguien que nos escuche, empatice y nos entienda sin juicios y sin hacernos sentir culpables.

Y no, las mujeres no nos lo buscamos. No somos culpables. Crecimos escuchando que el amor es aguantar, que la familia es lo primero, incluso antes que nosotras mismas, que el amor todo lo puede y que además todo debe soportarlo, y en ese andar se nos llenan la cabeza y los oídos de un montón de expectativas, frasecitas y clichés que nos mantienen atrapadas en relaciones abusivas, que nos van desapareciendo, anulando, dejando sin lugar y sin voz.

Recorrí con mi memoria algunos años y al recordar repasé que la violencia, la manipulación y el abuso, fueron la constante en mis relaciones afectivas.
Aquél novio, el de la prepa, ese que fue antesala de todos esos círculos de violencia. Recuerdo, ahora con asombro, que entre vaivenes sentimentales varias veces, literal, me encerró en su casa para que no pudiera asistir a la escuela.

“Te importa más la escuela que yo", "prefieres estudiar que estar conmigo", decía. Desgastante su chantaje, yo le decía "amor" a dicho acto de coacción.

Uno de sus últimos recursos, entre otros tantos, fue la invención de una enfermedad incurable, “podría morir y jamás me perdonaría haberlo abandonado en el peor de sus momentos”. Sí, ya sé, !qué horror!

Tiempo después, en otra relación, el molde se repetía. Mucho jaloneo, lágrimas, chantaje, discusión y acoso. El sujeto era como mi pareja y espía “porque me amaba y tenía que cuidar de mi”.

Revisaba mi celular, seleccionaba a mis amigos, se aparecía “casual” a donde fuera o despertaba a mis padres de madrugada con una llamada anónima y con voz fingida tipo secuestrador les decía: ¿saben dónde está su hija? con el único fin de ocasionarme tremendo show en casa.

El clásico “si yo no me divierto, tú tampoco”. Esperaba entre callejones mi llegada. Me vigilaba todo el tiempo y recuerdo una ocasión en que su presión me hizo, literal, huir a hurtadillas del salón de clases. Recorrí "a gatas" todo el estacionamiento para lograr salir y librarme de su acoso. Recordarlo me causa horror.

De una nueva relación, trece años, se repitió el caos, se sumó el alcoholismo, la violencia física, las idas y venidas sentimentales, rupturas, agujeros en las puertas y paredes, palabras, ofensas, amenazas, indiferencia, abandono.

La merma del autoestima, la culpa, la carga del “no luchar” y la falsa culpa del “trauma” que supone “la separación” para los hijos y el “deshacer a su familia” como si fuésemos las únicas responsables y después "las locas" de todas las historias.

La insistencia de familiares, amigos, compañeros y hasta de la iglesia para que “salvar esa unión a toda costa". Sí, a costa de nosotras mismas.

Se llaman círculos de violencia. Es fácil, googleen sobre ello y sabrán que como yo muchísimas mujeres hemos dado vueltas por ahí miles de veces. Atrapadas.

Me da vergüenza contarlo pero, muchas nos acostumbramos al chantaje y a los malos tratos.

Salir de ahí no es fácil. La diferencia era un paso, o varios, a veces, retroceder algunos.

Era como estar paralizada por el miedo justo en el marco de una puerta que se sabe es la salida pero a la vez la incertidumbre, la duda, el apego, la culpa.

Nos perdemos, porque la violencia, el maltrato nos quita todo: el autoestima, el valor, la autonomía, la seguridad, la sonrisa, la posibilidad, todas nuestras herramientas.

Y encontrarnos nunca es fácil pero tampoco imposible.

Atravesar cuesta. Muchas fuimos "esa amiga que no se daba cuenta" pero algunas cruzamos.

Y es que no se cambian mentalidades por decreto. No nos basta con un “tú puedes” o un “decídete y ya”. De nada nos sirve el pensamiento mágico.

Recuerdo que alguna vez, una amiga soltó sus lágrimas cuando supo sobre mi separación y me dijo: cuánto lo siento. Me volvió a cargar de culpa. Desde ese momento supe que sólo quien atraviesa sabe las razones por las que está corriendo. Desde afuera, hoy sé que es mejor no rendir pésames por "esa relación caída", que nos sirve más acuerparnos, acompañarnos.

Sólo quien calza los zapatos sabe de lo que huye y de todo el valor que le ha tomado hacerlo.

Mi cuerda de rescate fue una amiga, mi amiga feminista de confianza, se mantuvo ahí sin juicio, me acompañó y me presentó la terapia con perspectiva de género y me puso frente al feminismo, la sororidad, ese cobijo y la red de apoyo que son las mujeres que me acuerparon.

¿Que cómo decidí abandonar a mi Diego?

Haciendo conscientes las violencias, los abusos y el machismo que me atravesaban. Dándole una oportunidad a mi proceso de sanar, de reaprender, abrazando el duelo del pasado y despidiendo de a poco esos patrones aprendidos y normalizados.

Mi historia, como la de otras mujeres envueltas en el maltrato, es una historia como la de tantas otras de continuas rupturas y reconciliaciones, con falsas promesas, la familia y los hijos como bandera, muchos “te quieros” “prometo cambiar” “no puedo vivir sin ti” y el "cásate conmigo"

En mi defensa diré que como muchas, “estaba ciega”, hasta hace unos años que desperté y hoy puedo ser espejo para muchas otras que como yo un día, aún no se han dado cuenta.

Hoy sé que una mujer que sana, sana a toda una familia, a las que siguen, posiblemente a las que tendrán mis hijos, y los hijos de mis hijos.

Comprendí que al salir de esa toxicidad me salvé a mí, mujer, pero posiblemente también pueda evitarle a mi hijo la repetición de patrones machistas y violentos en sus relaciones de pareja y darle a mi hija la posibilidad de saber que el amor es otra cosa que sufrir, llorar, aguantar de todo.

Me salvo yo e intento así ponerlos a salvo a ellos de repetir el cuadro.

Lamentablemente, no todas hemos vivido para contarlo, en Puebla se reconocen como feminicidio sólo 40 de los 85 casos de mujeres asesinadas violentamente por sus parejas o por su condición de género en lo que va de éste 2020.

No somos número somos vidas.

No morimos, nos matan.