Poco a poco se va vaciando el palo algodonero, se van esas nubes de colores, cada vez que los niños llegan al parque, a la feria, al circo, al centro comercial o donde estén, y en ocasiones, buscan el algodón más grande.

Es dulce y es esponjoso, de colores o de uno solo, por lo regular rosa, que se encuentra ensartado en un delgado palo de madera, y me refiero al algodón de azúcar.

Pensaríamos que su origen es mexicano, y no, es italiano. En el siglo XV los reposteros calentaban azúcar, hasta lograr un caramelo líquido, para formar hilos y decorar con ellos, algunas piezas pasteleras.

En 1899, William Morrison, dentista y Jhon C. Wharton, ambos residentes americanos, crearon la máquina de esta golosina, se dice que el dulce era vendido en su consultorio, pero no se tienen pruebas de esto.

La invención fue dada a conocer en 1904, en la feria de Saint Louis, del país americano y desde ese momento se convirtió en uno de los dulces más vendidos de las ferias.

En México, los dulces procesados aun no existían, pero con la llegada de estas ferias a la Ciudad de México, se fueron adentrando y llegaron a ser aún más exitosos y famosos que en el propio lugar de origen.

Ahora los algodoneros se encargan de derretir antojos, enrollados en deliciosas nubes y vender alegría.

Legendarios y principales actores en ferias, oficio que sin ser de origen mexicano se agregó a nuestra cultura y que hasta la fecha subsiste.