En un país donde los feminicidios se cuentan por miles, cuesta trabajo creer que pueden rebasarse límites que nos asombren, pero desgraciadamente así ha sido. Desde el caso de Ingrid, hasta el más reciente de Fátima, la indignación crece y la búsqueda de culpables se extiende pero debemos sumergirnos un poco más, para no caer en abordajes simplistas de una problemática tan compleja.

El feminicidio nos compete a todos y no podemos tan solo dejar la responsabilidad al gobierno, pues se ha gestado desde la sociedad, desde lo íntimo de los hogares y es desde ahí desde donde se debe empezar a atacar, para que aunado a la correcta impartición de la justicia, se pueda enfrentar con efectividad.

El término feminicidio no es tan simple como matar a una mujer, pues si bien surgió en México de la mano de la feminista y política Marcela Lagarde como una adaptación del término inglés femicide cuya traducción literal sería femicidio, tiene como agravante la misoginia y es en 1976 cuando la feminista Diana Russell lo utilizó con este sentido al testificar en el Tribunal Internacional de Crímenes contra Mujeres en Bruselas.

Eso significa que está presente en el delito, el odio a las mujeres y por eso se refiere al máximo nivel de violencia al que se puede someter a una mujer y muestra de ello, es la manera tan violenta en que lo llevan a cabo o la forma en que tratan al cuerpo.

Es la misoginia lo que debe preocuparnos y ocuparnos, pues si bien es cierto que la posición del hombre ha sido encumbrada por los distintos entornos de la sociedad, la misoginia es cada vez más frecuente, tan solo basta ver las reacciones tras un feminicidio: se culpa a la víctima o se cuestiona su vida, para juzgar que “merecía” lo que le pasó y lo realmente aterrador, es que esos comentarios no vienen tan solo de hombres, sino que también están en boca de las propias mujeres.

Se habla mucho de la sororidad, que hace referencia la hermandad entre mujeres, dentro de un sistema patriarcal que las somete. Sin embargo, eso tan solo parece aplicar en las marchas feministas y como respuesta a una mujer violentada, pues en la vida real, en lo cotidiano, sigue siendo muy normal atacar a otras mujeres. No podemos pretender ser “hermanas” de ocasión, cuando algo malo sucede a la otra, sino que debemos ser hermanas siempre, en todas las circunstancias y superar los límites del género para buscar relacionarnos como seres humanos.

Debemos ser conscientes desde los hogares, que si se sigue promoviendo el juicio y la violencia hacia las mujeres, él problema seguirá creciendo. Es en los hogares donde los niños y las niñas aprenden los roles y donde se normaliza la violencia, cuando se deja a una mujer sin dinero para darle de comer a sus hijos y el marido se va de fiesta, o cuando se enoja cuando llega de trabajar y no está lista la comida, cuando se minimiza el trabajo dentro del hogar, pero también cuando las madres hacen que las hijas atiendan a los hermanos o al padre o cuando entre mujeres se refieren a otra como una zorra por la forma en que se comporta o se viste.

Debemos ser conscientes de que la violencia hacia las mujeres, en muchas ocasiones es promovida por otras mujeres. Por ejemplo en el caso de las suegras, que les dicen a sus hijos que no hagan labores del hogar o serán mandilones, o que demuestren quién manda en casa, eso sin contar las muchas ocasiones que he escuchado historias donde la suegra le dice al hijo que golpee a su esposa, para que lo respete. La violencia es un asunto de todos y debemos hacernos responsables de ello.

También es en el hogar donde se enseña el concepto del amor y éste debe ser entendido como un estado de bienestar, no de control, violencia ni celos. Debemos enseñar desde la intimidad de los hogares, cuáles son las formas de tratar a las mujeres, pero también a los hombres para construir una sociedad que sea responsable y que forme hombres y mujeres que sepan relacionarse de manera sana.

No, no podemos pelear en bandos distintos pues todos formamos parte de la sociedad y debemos luchar hombro con hombro para cambiar de fondo la situación. Se debe abordar desde todas las esferas de la sociedad, pero sobre todo desde casa, desde los hogares donde al normalizar las conductas violentas hacia las mujeres, perpetuamos la misoginia que nos está matando, no solo a las mujeres, sino a toda la sociedad.

Espero que lo anterior les haya sido de interés y recuerden que esperamos sus comentarios a través de nuestras redes sociales.

¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.