¿Alguna vez les conté que soy fan de los niños? Los más pequeños son todos sin juicios, como una cajita de ideas, están llenos de preguntas, algunos lo cuestionan todo y a los grandes nos hacen volver al origen. Nos ponen a pensar, algo lo más cercano a coherente tenemos que contestar.

Son sorprendentes, ellos poseen el sentido común que con el tiempo va dejando de tener sentido y asimismo de ser común. Siempre he pensado que con los años, los juicios y las barbaridades que ven y escuchan de sus adultos los van contaminando con el tiempo. ¿Mami, y todos en la vida “tenemos” que aprender a cocinar?, cuestionó un pequeño. -“Nada ´tenemos que´”, le dijo.

“Una obligación sería, sí o sí y sí, respetar, empatizar y cultivar el amor propio”. Y que le aplaudo de pie. Y pensé: ¿y qué es lo que venimos a enseñarles?, ¿qué sí, qué no? ¿qué es más, qué es menos? Sobre todo porque algunos crecimos bajo la obsesión de nuestros padres a enfocar esfuerzos en la mejor nota y alcanzar el éxito como el crepúsculo de nuestra realización.

Eso, y lo de “formar la familia”, claro, son las “metas” le dicen. Y es que eso de “ponerse en el zapato de otro”, “del mirar con otros ojos”, suena romántico pero es todavía un ejercicio pasmado. No hemos sido educados para ser empáticos y resulta un lío interesante convivir el egoísmo, la generosidad y la escucha. La empatía no es cosa sencilla y menos, común. Lo cierto es que no porque a ti no te suceda signifique que no pasa. Se requiere de un esfuerzo mental para reconocer objetivamente las condiciones que ha vivido la otra persona. Quitarnos la individualidad. Mantenerse alejado del juicio, reconocer la emoción en los otros, sentirse con la gente, comprender a raíz sus acciones y decisiones, exponer nuestro lado vulnerable. Está difícil.

La redes dan muestra y contra las mujeres tiran de todos lados. Durante y después de la marcha del 25N por el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres se reprodujeron infinidad de juicios en torno al ambiente de las manifestaciones. Que si feminazi, que si exagerada, que si escandalosa, que si así no son las formas, que si los monumentos. Cuan más va y viene cargado vapulación como si acabaran de egresar de un couching de resilencias.

Los medios fueron rapaces y sin objetividad sobre un reclamo legítimo, pero en la lectura eran las mismas mujeres, por las que se encarna la lucha, las que encabezaban la cacería. Seguramente eran hermanas, tías, mamás, amigas, abuelas de alguien, seguramente mujeres… y ¿la empatía por sus pares? Que “no me representan”, que “éstas sí pero éstas no”, que “qué vergüenza”, que “el mal ejemplo”, que “la pared”, que “los cristales”. Llueve el juicio y seca por todos lados. Leer opiniones que intentan restar importancia a las denuncias por violencia y que esgrimen movimientos para visibilizar que el problema del abuso, la desaparición y el feminicidio han tocado límites de gravedad, me da escalofrío. Saben, alguna vez yo también fui de las que fustigó de esa manera. Lo confieso y me da pena. Pero a la empatía llegué hasta estar mucho más cerca. Cambié de opinión cuando renuncié a mi necesidad de tener razón y puse un más de atención a las razones, demandas y dolores.

Las huellas que llevan ellas, son también mías, las de mi madre, las de mi hermana. ¿Conoces a una sola mujer que jamás haya sido agredida de alguna manera por un hombre que se cree con el derecho de violentarla? La empatía es como dejar un hueco para sentir la vivencia, el dolor, el enojo de las otras. Se llama conectar conmigo para conectar contigo, aún cuando yo no lo vivo. En mi primera marcha, ya saben con la pena. Conocí a la madre de Paulina, víctima de feminicidio en 2013.

A las “vándalas”, como nos calificaron los medios y la sociedad, ella nos dio las gracias por no desistir en la exigencia de justicia porque a una sola voz ella a la fecha no la ha obtenido, dijo. Ahí lo entendí todo. Con qué cara le podía decir “que no se altere” que “busque mejores formas” y “vías pacíficas” para resolver el asesinato de su hija. Ahora imagina que una de las mujeres de tu familia no vuelve, desaparece o regresa pero en pedazos, hecha cenizas.

Piensa en la mujer más chiquita de tu casa, la más amada, la más pequeña. Imagínala abandonada, en la basura, ultrajada, con la ropa interior desgarrada. ¿Y si respiras?... piensa en cada familia, imagina que eres tú en algún ministerio público suplicando información sobre el paradero de aluna tuya que ya no encuentras o tú misma llena de miedo denunciando violación u otro tipo de agresión para que el ministerio público te revictimice porque “qué andabas haciendo a x horas”, que dónde andabas, que cómo vestías.

Apoco no de sólo leerlo te dan ganas de morderle la cara a quien se ha atrevido a destruirnos, destruir nuestras familias y destruirlas a ellas. ¿Qué tú nunca has sentido miedo de caminar sola en la calle? Ya sé que a ti no te reventó ese puño en la cara, un machin sobrecargado de derechos imaginarios no te reventó la nariz, no sufriste los arañazos, los moretones, el pánico de subirte a un taxi. Pero que no te pase a ti, nos significa que no pase. Se trata de pasar de la casualidad de haber nacido ser mujer a la conciencia crítica de lo que significa ser mujer en una cultura machista, patriarcal y cargada de juicios contra nosotras.

No se habla de bandos, sino de derechos, de la vida, de la integridad de las mujeres. Es lo que está y ha estado en juego siempre. En México mueren asesinadas 10 mujeres al día víctimas de la violencia machista. Según la ONU, América Latina es la región más violenta del mundo para ellas fuera de un contexto de guerra. Cuando analizo discursos de otras mujeres que critican el feminismo además de dolerme y enojarme, pienso en un ejercicio básico que puede servir para relajar el desgaste de hostigarlas y en lugar de ello empatizar con “esas formas”.

Insisto, porque si fuera tu hija o tu hijo el oprimido, la violentada, la víctima de acoso, de abuso sexual, tal vez tu discurso no sería el mismo y comprenderías de dónde nace el dolor y la rabia por la impunidad y el hartazgo. No hace falta que te rompan la vida a ti para estar a favor de tu propia lucha. Hace falta ser persona y tener empatía. Hace falta mirar hacia nosotras. Cuando decidimos pararnos de nuestro lado, no lo hacemos sólo por ti, cuando juzgas parada en tus privilegios. Es por las desaparecidas, las que no pueden hablar más, las abusadas, las millones de campesinas que habitan la desigualdad, las mujeres discriminadas, las pauperizadas, las abandonadas por los sistemas de salud, las explotadas, las sometidas a poderes patriarcales o a prácticas aberrantes.

POR TODAS. Las que sobreviven a la pobreza, las que lidian con asuntos tan básicos como el derecho a la identidad, a la salud, las excluidas, las invisibles, las niñas abusadas, de las madres adolescentes, de las asesinadas por la violencia machista, las que siguen desaparecidas. Se trata de DE TODAS. Por la empatía comencemos y que entre nosotras comience a calar otra clase de discursos.