Este 25 de noviembre, dentro de los grupos feministas, activistas y defensoras de los derechos de las mujeres significa prácticamente la última movilización de exigencia pública para que el Estado cumpla con sus obligaciones y responsabilidades en la materia, pues aún son mínimas las respuestas por parte de las autoridades que han dado a la ciudadanía en este sentido.

Pues la percepción de la gran mayoría de estos grupos que acompañamos a las mujeres en situación de violencia y que hemos dado seguimiento a la política pública y reformas al marco normativo coincidimos en evidenciar la existencia de las graves omisiones que existen en la presente administración para la protección de nuestros derechos; así como la grave situación de violencia que enfrentamos.

Si bien nos hemos pronunciado a lo largo del año por que las autoridades desempeñen el papel que les corresponde y cumplan con las obligaciones que el marco normativo establece claramente para prevenir, atender, investigar, sancionar y erradicar las violencias hacia las mujeres y niñas con perspectiva de género y en todos los niveles; también es cierto que mirar lo que se vive en los ámbitos sociales, familiares, escolares y laborales es un ejemplo claro de cómo se nos sigue dando un valor inferior a las mujeres, a pesar del discurso de que “ya hay igualdad entre mujeres y hombres”, pues siguen valiendo más unas paredes, monumentos, calles o construcciones que la vida misma de las mujeres.

En los últimos meses, con gran dolor, indignación e incluso enojo, hemos leído comentarios machistas y misóginos cuestionando “las formas” de protesta en algunos lados del país, hemos observado la doble moral que existe en un gran número de personas que pareciera que prefieren vernos muertas a una exigencia pintada en los muros, que siguen creyendo que “calladitas y quietas nos vemos más bonitas” y que si queremos exigir que se garanticen nuestros derechos a la justicia, a la libertad, a la vida, lo hagamos con las formas que sí aceptan, pero que poco han funcionado; ya que los logros que hemos tenido a lo largo de la historia respecto de nuestros derechos han sido siempre negociando, esperando las respuestas tan lentas que los gobiernos siempre dan; costando la vida de miles de mujeres que han sido asesinadas, desaparecidas, violadas u obligadas a parir el producto de una violación, porque en sus formas las mujeres podemos seguir esperando hasta que las autoridades quieran cumplir con sus obligaciones.

Todos los esfuerzos que se han implementado para hacer eco en las instituciones y en la población en general han tenido resonancia sólo cuando se ha tenido la intensión de escuchar las realidades de las mujeres y hacer uso de los recursos destinados para ello de manera efectiva y sin obstaculizar; aunque en la práctica, muchas de estas acciones sólo han significado simulaciones y desvío de estos recursos, o priorizando en los presupuestos otras acciones que poco abonan a la modificación de las problemáticas que enfrentamos las mujeres, las cuales son diversas y más complejas de lo que describen en el Plan Nacional y Estatal de Desarrollo, donde se puede observar la minimización de las forma de violencia que vivimos, así como la falta de la transversalización de la perspectiva de género y el desconocimiento sobre los contextos de riesgo para las mujeres que aumentan las vulnerabilidades sociales, culturales e institucionales.

Aún el camino es muy largo, pues existe una gran normalización de las violencias que se ejercen en contra de las mujeres, se justifican incluso los feminicidios responsabilizándonos a las mujeres por el lugar y la hora donde nos encontramos, se cuestionan del “porqué las mujeres siguen en un espacio de violencia”, pero no se cuestionan por qué los hombres siguen reproduciendo prácticas machistas y violentas; se escandalizan por las paredes rayadas, nos llaman vándalas por pintar un piso con gis, nos intentan intimidar por expresarnos con policías, protegen monumentos, despliegan operativos para evitar “vandalismo”, pero desconocen cómo actuar con las órdenes de protección, hacen caso omiso ante la petición de éstas o no acuden a los llamados de las mujeres que requieren asistencia policial.

Indigna más que las mujeres gritemos, que paremos las calles, que mostremos nuestro enojo, porque socialmente se ha enseñado a que las mujeres pidamos las cosas de “otras formas”, se cuestiona nuestra palabra, nos insultan, se burlan de las que gritamos por las demás, por las que asesinaron, por las que sienten vergüenza y culpa por la violación porque así nos lo impusieron, por las que no pueden salir a las calles; se habla desde el desconocimiento y el machismo, porque las cifras de la violencia ya no les significa nada, “porque la violencia siempre ha existido”, porque han hecho una relación muy estrecha entre el ser hombre y ejercer el poder mediante la violencia como forma de control, porque desde la juventud temprana se observa un fuerte rechazo al movimiento feminista y sus causas y poco han reparado en reconocer su propio espacio como violento, donde conviven en relaciones de desigualdad y donde el feminicidio de una mujer o niña ya da igual.

No son números, son vidas destruidas con una gran saña, son cuerpos basurizados, son mensajes hacia el ser mujer, es la ausencia del Estado, es justicia patriarcal.

Después de las acciones de este 25 de noviembre, Día Internacional por la Eliminación de Todas las Formas de Violencia Contra las Mujeres y Niñas, las redes se llenan de debates, críticas, señalamientos, reproches y desaprobación hacia algunas activistas por “las formas”, pero el resto del año estas voces callarán y justificarán cuando las mujeres sigan desapareciendo, siendo violadas y asesinadas. Les duelen más las cosas que nuestras causas.