Desde que llegaron a la ciudad de Los Ángeles los primeros colonos europeos, poco después de la fundación en 1531, se vieron en la necesidad de preparar y servir sus alimentos de acuerdo con sus costumbres. Solo imagine usted qué haríamos si, de momento, nos encontramos en un lugar donde no hay cazuelas, platos y cucharas para comer. Eso les sucedió a los primeros poblanos.

Los ángeles no les dieron, pero los pusieron donde hay. La región que hoy consideramos como valle Puebla-Tlaxcala fue en tiempos mesoamericanos un importante centro de producción de loza. Conocemos muy bien la afamada cerámica de Cholula, distinguida por su decoración pintada en colores y formas que nos parecen similares a los códices prehispánicos.

También nuestra querida Tlaxcala es parte de esta historia, ¿alguna vez bebió usted agua de una jarra con forma de pato? La loza roja bruñida que se produce en la región central del Estado conserva el agua fresca y con un exquisito aroma a petricor. Estas dos tradiciones cerámicas se desarrollaron gracias a las buenas arcillas de nuestro suelo poblano-tlaxcalteca.

Cuando los nuevos poblanos se enteraron de esto buscaron artesanos indígenas para abrir talleres, donde introdujeron dos novedades técnicas: el uso del torno para dar forma a las vasijas y el recubrimiento de esmalte para impermeabilizar el barro.

La historia y la arqueología nos dicen que el barro cocido y recubierto con barnices de estaño y plomo se produce en nuestra ciudad desde 1535 aproximadamente y para 1570 se emitieron las primeras normas para su elaboración y la organización de los trabajadores en gremios.

Desde su origen la industria alfarera se dividió en dos sectores, uno fue el gremio de loceros de “blanco” dedicados a la elaboración de mayólica, mejor conocida como Talavera poblana, y el otro gremio denominado de loceros de “rojo”, quienes producían loza de barro con barniz de plomo, cuyo nombre deriva de la característica de transparencia del barniz que deja entrever el color del barro.

La producción de ambas clases de loza hizo de la ciudad de Puebla el centro productor alfarero más importante del virreinato, y generó ganancias pingües. La industria también generó un sentido de pertenencia interesante en la comunidad. Los alfareros poblanos (ya amestizados) reinterpretaron el concepto del diseño europeo y oriental para la mayólica, inventaron figuras, flores, aves y los plasmaron en paisajes que ellos jamás habían visto. Su imaginación creó la Talavera poblana.

Por otra parte, los loceros de Analco tuvieron la ocurrencia de “chorrear” pintura negra sobre el barniz transparente y crear patrones lineales, motas y rombos, inventaron la loza del barrio de La Luz. Estos objetos se han convertido, a través de nuestra historia, en elementos culturales que forman parte del simbolismo de la “poblanidad”.