Sin embargo, la duración de El irlandés (Netflix) es suficiente para disfrutar de las descomunales interpretaciones de Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci: Martin Scorsese les ha dedicado en pantalla el tiempo justo y necesario para lucirse, ni más ni menos.

Si el director no ha recortado metraje, no ha sido por vanidad. Da hasta vértigo enfrentarse a una película sobre la mafia con ese aire de cine de los setenta que roza las cuatro horas, y eso que Scorsese nunca ha sido famoso por su brevedad para contar las cosas en la gran pantalla:

Casino (1995) dura dos horas y 53 minutos, Silencio (2016) dos horas y cuarenta minutos y El lobo de Wall Street (2013) dura tres horas. Y estos son solo algunos ejemplos. Pese a ello, sobran las razones que justifican que el director haya hecho una película equivalente a más de cinco capítulos de una serie (teniendo en cuenta que la media de los episodios hoy en día está en 40 minutos). Son las mismas razones que la convierten en una obra de culto:

Joe Pesci y Cía.

La joya de la corona: el gran (re)descubrimiento de la película. Pesci ha conseguido una de las cosas más difíciles en una película sobre la mafia en la que aparecen De Niro y Al Pacino: destacar por encima de sus compañeros. Pesci, directamente, deja a la gente embobada.

Es la excelencia actoral personificada. La sintonía entre los tres protagonistas hace que sea muy fácil entrar en la película, enterarse, quedarse en shock, reírse y dejarse llevar durante 210 minutos sin necesidad de mirar el reloj.

La buena sintonía que existe también entre De Niro y Scorsese simplemente se ha reforzado.

La historia

El irlandés está basada en hechos reales y la historia, una de las más mediáticas de Estados Unidos, ya es atractiva de por sí. A Frank Sheeran, el personaje de De Niro, se le atribuyen más de 25 asesinatos. Sheeran era el hombre de confianza de Hoffa (Al Pacino), el líder del poderoso sindicato de camioneros del país americano. Hoffa desapareció el 30 de julio 1975 y su asesinato sigue siendo una incógnita.

El guion

Steven Zaillian, que ha adaptado el libro de Charles Brandt, es otra de las grandes estrellas de la película, aunque no sea de las que brilla en pantalla. Ha conseguido hilvanar una escena con otra, conjugar los diálogos con los silencios en los momentos justos y hacer que algo aparentemente serio acabe convirtiéndose en un momento cómico. Y sin buscar el chiste fácil. No hay tensión, pero sí golpes de efecto La película sorprende al espectador cuando menos se lo espera.

Así lo suele hacer Scorsese: te deja en shock sin que el golpe se vea venir. La estética La imagen de un joven Robert De Niro chirría en un principio, y aun así es creíble. Todo lo bueno de la película difumina ese detalle y hace que ni siquiera sea parodiable.

El sello Scorsese

Se puede empezar a ver El irlandés sin ninguna información previa y saber que se trata de una película de Scorsese.

Esta es su obra maestra, y eso acaba con cualquier debate sobre si debe durar más o menos. Scorsese tenía dos opciones con esta película, con la que muchos rumores apuntan que se retirará del cine: quedar como un pedante engreído o reafirmarse como un gran cineasta de la generación de los setenta. El irlandés está llena de energía, elegancia y crueldad. Sin necesidad de forzar ningún sobresalto, cada escena es un impacto a la mente del espectador. No hay forma de desconectar de la película ni un solo momento.

Además, el director consigue hablar de otros temas sin que nadie se salga de la historia, como el de la vejez. Y lo hace sin sentimentalismos y sin obligar al que lo ve a posicionarse de parte de ningún personaje. Marvel sí es cine, Martin, pero en algo tienes razón: El irlandés es mucho más.