La frase puede chocarte, pero es muy cierta. Las personas fuertes, o más bien aquellas que “van de fuertes” (ya que al fin y al cabo todos tenemos una faceta débil y una fuerte) pagan un enorme precio por serlo. La fortaleza es una amante exigente que siempre nos pide estar al 100% dando todo de lo que somos capaces en aquello que hagamos para mostrar cuan fuertes somos.

Y es que podemos ser de utilizar mucho tipo de áreas o facetas para evidenciar nuestra supuesta “fortaleza”. Desde el desempeño laboral a ser cuidadores de otros, ser “rudos” o que las cosas no nos afecten, mostrando que tenemos unas espaldas anchas sobre las que se puede cargar casi cualquier cosa sin que nos produzca el coste emocional que le provocaría a cualquier otra persona.

Las personas que funcionan desde esta dinámica suelen pagar un alto costo y el primero y más evidente es el cansancio. Muchos pacientes me narran en la consulta su sensación de cansancio no sólo físico o emocional, sino sobre todo vital. Cuando uno se exige ser fuerte, la vida es algo que pesa (en gran medida porque tienes que estar siempre dándolo todo y cumpliendo los altos estándares de exigencia que suelen tener), lo que mantenido en el tiempo es realmente agotador.

Este cansancio o agotamiento suele venir acompañado de otros efectos colaterales (aunque estos no tienen por qué darse siempre), como el hecho de sentirse tan exhausto -como si fuese un limón exprimido al que ya no le quedan más energías- que ni siquiera pueden hacer aquellas cosas que le solían gustar o disfrutar. Se vuelven así apáticos, con dificultades para ilusionarse, capaces únicamente de esforzarse, o cuando no queda otra, descansar hastiados y sin ganas de casi nada. Otras veces, esta sensación de continuo sobreesfuerzo les lleva a terminar hartos, ya que la vida es una dura carrera cuesta arriba, y este cansancio les lleva a estar malhumorados y enfadados, saltando cuando alguien le viene con otro problema más que resolver. Otras veces, en vez de enfado, esas personas experimentan otro tipo de “descontrol” o incluso lo buscan activamente, ya que tienen que soltar toda esa tensión por algún lado. Si has visto la peli de Martin Scorsese «El Lobo de Wall Street», sabrás bien a qué me refiero.

Y es que las personas “fuertes” tienden a no sólo encargarse de sus problemas y objetivos sino también de los de los otros, bien porque expresan la fortaleza a través del cuidado o bien como forma de evidenciar su fortaleza ante otros y ser alabados. Muchas otras veces, ocupan de forma más o menos voluntaria ese “rol” en la familia o grupo, de forma que otros esperan y a veces incluso exigen poder acudir a ellos cuando tengan un problema para poder resolverlo.

A parte del cansancio y sus consecuencias, la fortaleza tiene otras facturas que pagar, por ejemplo la de la soledad. Muchas personas fuertes se sienten solas, incluso cuando están rodeadas de personas (frecuentemente si manifiestan su fuerza ayudando a otros, suelen ser muy queridos y apreciados) pues el liderazgo (por naturaleza) implica una soledad en la toma de decisiones, tirar del carro o encabezar a otros.

Las personas fuertes pocas veces pueden hablar de su cansancio o de su tristeza, pues serían síntomas de una debilidad que no saben manejar o que les da miedo y que tapan con su fortaleza. Así que muchos, incluso aunque parezcan enfadados (a veces usamos el enfado para tapar la tristeza, sobre todo si temes a la debilidad) en el fondo están terriblemente tristes. Van acumulando, echándose a las espaldas su propio dolor y malestar, sintiéndose muy solos en todo ello y preguntándose si lo demás no lo ven, cosa que rara vez ocurre. En parte porque a todos nos gusta tener a alguien fuerte que nos saque las castañas del fuego, pero también -y sobre todo- porque rara vez lo muestran. Así este “no poder ser débil y estar triste” se convierte en una losa muy pesada.

Otro precio que suele acompañar a una fortaleza exacerbada es el de la autocrítica (y muchas veces también la culpa), que se convierte en la fusta que mantiene activo el ritmo a galope tendido de la persona, ya que sino, bajaría su esfuerzo y dejaría de ser tan fuerte. Éste juez interior e incansable se convierte en uno de sus mayores enemigos, pues siempre está exigiéndoles más y más (siendo casi insaciable) de forma que nunca pueden descansar y sobre todo que cuando consiguen algo (un objetivo que han conseguido con sangre, sudor y lágrimas reprimidas) ya está ahí la próxima tarea que desempeñar, la siguiente prueba de fuerza que demostrar. Con esto apenas pueden saborear las mieles de sus esfuerzos (que es una de las cosas que nos motivan y “recompensan” los mismos) y desde luego, no pueden disfrutarlos reponiendo fuerzas.

¿Qué les lleva a todo esto? Normalmente tienen miedo de asumir su propia parte débil, que es algo que les da mucho miedo, no vaya a ser que tome el control de su ser, o porque les rechacen. Las vivencias que te llevan a eso son muy variadas, como vivir experiencias difíciles en las que no pudieron hacer nada y no quieren volver a sentirse así, porque sólo se sintieron amados cuando mostraron esa fortaleza o por exigencias de una situación difícil en la que para sobrevivir hubo que hacer grandes esfuerzos y se quedan “instalados” en esa forma de funcionar.

Personalmente, yo me exigí mucho ser fuerte hasta que me lo trabajé en terapia (aunque donde hubo fuego quedan rescoldos muy a mi pesar), y creo que en gran parte se debe al hecho de que sufrí bullyng en el colegio (y no pude defenderme) o a que tuve un padre anciano y una madre enferma a los que tuve que cuidar.

Con esto no quiero decir que no haya momentos de apretar los dientes. Claro que puedes esforzarte, pero no como forma de estar en la vida. Y mucho menos por miedo a una parte débil que por mucho que te esfuerces en dejar atrás siempre estará ahí, ya que es tuya y no puedes huir de ti mismo.

Disfruta de tu fortaleza, pero que ser fuerte sea algo que eliges en un momento y no una forma de vida.